Legendarios

Sigue lloviendo. Los 365 días del año, las 24 horas, llueve. Y no puedo hacer nada para evitarlo. Aunque haga 40 grados a la sombra, siempre está tronando. Es una bonita manera de joder un día soleado. Como todas las veces en que destrozamos cosas bellas. Ese momento es el mejor de todos. Un orgasmo destructivo, la antítesis de la progresión. En esa regresión nos sentimos felices. Nos cogemos de la mano y observamos cómo se va quemando todo.

La perfección no se encuentra en la belleza, sino en el "acabar con ello". La desaparición de clichés es lo que hace que sea realmente hermoso. Y esa hermosura es la perfección.

Una noche estábamos los cinco sentados en la playa. Solíamos ir a beber a la luz de una hoguera. Esa noche, habíamos decidido llevar nuestras posesiones más preciadas. Claudia trajo un libro de Boris Vian, Guille su guitarra, Dani su estuche de pinturas acrílicas, Héctor llevó su vinilo de Neil Young y yo, las cartas de mi abuelo. Decidimos hacer un agujero en la arena, depositarlas todas y regarlas con whisky. Con una de mis cerillas, lo prendimos. El humo que escupía era espeso y tuvimos que salir corriendo hacia detrás, para no asfixiarnos. Sentados, seguimos bebiendo y admirando cómo se desvanecía todo entre las llamas.

Hicimos de ello una costumbre. Una vez a la semana buscábamos algo de valor emocional en casa y lo llevábamos para, simplemente, admirar las brasas que quedaban.

Cualquiera diría que se nos fue de la mano, ya que aumentamos la frecuencia. Pasamos de una vez a la semana a ir todos los días a mirar, emocionados, ese espectáculo de llamaradas y humo negro. Pero llegó un momento en que necesitábamos más. Ya no era suficiente con quemar unos vinilos y unos libros. Hicimos un pacto: a partir de entonces, iríamos a otros lugares a conseguir esos objetos de incalculable valor.

Es así como entramos en la biblioteca y robamos ejemplares de Dostoievsky, de Baudelaire, de Quevedo, de Shakespeare… Nos llevamos todas las obras maestras de la literatura, y cada noche la dedicábamos a un escritor o movimiento literario. "¡Hoy es la noche en que Crimen y Castigo va a convertirse en cenizas!". Todos esos escritores estarían retorciéndose en sus tumbas. Pero se agotaron nuestros recursos, como suele pasar.

Entonces, asaltamos una tienda de discos. Revoloteamos entre los cds de Beethoven y los de Haendel, nos emocionamos al meter en nuestras mochilas los discos de Bob Dylan y The Doors, temblamos ante el tacto de las cajas de Joan Baez y Led Zeppelin. Y cuando los vimos arder… aquello fue el clímax.

Pasaron los meses, y cada semana aparecía en las noticias alguna tienda desvalijada. Para no levantar sospechas, pensamos en ir a otro sitio repleto de belleza. Y lo encontramos: el museo de arte. Como no podíamos robar los cuadros, trazamos un plan. Iríamos a verlo y buscaríamos un lugar seguro donde escondernos. Una vez cerrado el museo, regaríamos todo con gasolina y veríamos esa nueva obra de arte. ¿Que si fuimos capaces? ¿Ustedes qué creen?

Extasiados, tuvimos que salir corriendo por las ventanas del segundo piso, y bajar escalando por los canalones de la pared. Corrimos hacia el coche de Dani y, ya dentro, nos reímos a carcajadas. Esa misma noche hicimos el amor los cinco en la playa, al sonido de las olas.

Recuerdo que al día siguiente me levanté con resaca y llamé a Héctor. No estaba en su casa. Así que me fui a dar un paseo, para ver si se me pasaba ese horrible dolor de cabeza. Llegué a la playa y me senté en la orilla. El agua me acariciaba los tobillos y se retraía, como si se arrepintiese de hacerlo. En ese momento pensé que había demasiadas cosas hermosas en el mundo y que sería imposible acabar con todas. No se puede destrozar el paisaje, por ejemplo. Pero hubo algo que me llamó la atención… Creí escuchar la voz de Héctor tras unas rocas. Me acerqué con paso sigiloso pero seguro y asomé mi cabeza. Allí estaba Héctor follándose a Claudia, mientras Dani lo grababa en video y Guille miraba. No llegaron a verme. Corrí hacia el coche de Dani, que siempre lo aparcaba en el mismo sitio, y abrí su maletero sin esfuerzo. Cogí el bidón de gasolina que tenía guardado para un apuro y volví donde estaban mis amigos. Los bañé a todos en ese líquido tan preciado, y sí, les prendí fuego.

Y así es como acaba todo. Con ellos calcinados y yo flotando en el mar. En definitiva, ¿qué es lo más hermoso y valioso que existe? Eso es, la vida. Y acabé con la de todos ellos y con la mía propia.

Una manera bonita de destrozar algo bello.






















Tema diseñado por Hadley Wickham, modificado por Almudena I. Bernardos. Alojado en Blogsome.