Legendarios

Testigo 1, 2003.11.11, lunes 23.05

No. No puedo decir nada. Lo siento, no puedo ¿Cómo pudo pasar aquello? Tanta sangre. No sé, había tanta sangre. ¡Tanta sangre! Estaba sentado y luego nada. Muerte. Todos murieron. Todos. Me duelen mis oídos, cómo me duelen, no puedo pensar. No sé que pasó. No puedo pensar. Tocaban y los mataron, así, sin más. No. No sé. Había tanta sangre… Le dispararon en la cara. ¡En la cara! Le dispararon en la cara, la cara. La gente gritando. No sé si yo también lo hice, no lo creo. He estado en la sala tantas veces. Tantas veces. Suelo ir allí para los conciertos, me gusta mucho la música, la música clásica. Pensaba que nunca viviría esto. Nunca. Les mataron así de fácil. Me duelen mis oídos. No puedo deciros nada más.

Testigo 1, 2003.11.12, martes 17.30

Perdóname por el otro día, no fue yo quién hablaba, fue algo fuera de mi, era otro. Nunca he visto algo así. La sangre, había tanta sangre. Me da escalofríos solo pensar en ello. No podría acostumbrarme jamás a esto, a ver tanta sangre. Me da miedo solo ver un raspón… He pensado toda la noche pero no me acuerdo muy bien lo que pasó. No logré dormir nada en toda la noche, solo veo la sangre y la cara del contralto explotar, repitiéndose una y otra vez en una secuencia interminable. Me acuerdo que habían llegado a Bereitet die Wege, bereitet die bahn! cuando empezaron a disparar. Con el primer tiro me levanté. No sé por qué pero me levanté. No hubo espacio entre los disparos y la caída del contralto y del resto del coro. Oí más disparos, puede que habían hasta tres distintas personas pero dispararon todos a la vez y algo tiene que haber roto en mi oído porque un tono agudo lo hizo imposible distinguir algo más y fue entonces cuando me di cuenta de que seguía en pie y busqué refugio entre los sillones. No puedo quitarme estas imágenes de encima, la sangre y la cara del contralto. Me esfuerzo créeme, no pienso en otra cosa.

Testigo 1, 2003.11.13, miércoles 16.50

Sé quién fue uno de los asesinos. Fue el hombre que estaba sentado en frente de mi. La sala estaba medio llena, aunque los conciertos de música clásica no suelen ser muy populares y faltaba más o menos diez minutos para el concierto cuando llegué. Mientras esperaba leía en el programa sobre los temas que iban a tocar. Al pasar un rato llegó este hombre y se sentó justo en frente. Llegó solo. No nos parecíamos tanto en aspecto pero había no sé qué en él que me hizo pensar que deberíamos tener mucho en común. Bajo el gorro, tenía un gorro rojo igual que mi padre, se veía unos rizos grises. Llevaba un abrigo… Me llamó la atención que no se quitó el gorro cuando se sentó. Me acuerdo de la cara. Vi un lado antes de que se sentara, se inclinó justo antes para averiguar que no había nada en el sillón y luego otra vez más, cuándo quitó su abrigo azul y lo sacudió para secarlo. Estaba diluviando fuera. Tenía una nariz pequeña, mucho más pequeña que la mía, casi desapareció en su cara. Estaba sudando como tras una noche de fiebre. Tenía un jersey de distintos colores, de una mezcla rara. Llevo todo el día pensando en esto y no logro entenderlo, que este hombre se levantó y mató a los músicos. Pensaba que éramos parecidos él y yo, que teníamos cosas en común ¿Dónde me deja tal semejanza? Supongo que todos somos iguales en el fondo. De todas formas tampoco nos parecíamos tanto. Tenía el mismo gorro que mi padre. Un gorro rojo oscuro. Vació el cargador y luego salió tranquilamente, entonces vi su cara otra vez desde el suelo entre los sillones ¡Sonrió! Fue una sonrisa muy simpática, no con la boca sino con los ojos, como si fuera muy contento. Salió rápido por la entrada principal a la izquierda, la que da a la plaza y el metro. La sangre me sigue en los sueños. Habitaciones llenas de sangre. Y la cara y las piezas de su cara en todas partes. No puedo dormir, ni ir a trabajar. Todo me cuesta. Me cuesta irme al supermercado. Me da miedo salir de la casa, ir de compras.

Testigo 1, 2003.11.20, miércoles 13.15

No sé si recuerdo algo además de lo que ya he contado. Cantaba el contralto la aria de Bereitet die Wege, bereitet die Bahn! y… ¿fue interrumpido por un grito? ¡así es! No entendía lo que dijo puesto que fue un idioma que no entiendo. De hecho nunca me han interesado las lenguas extranjeras, sé que suena ignorante ¡pero para mi la música dice mucho más que las palabras, es el lenguaje en su estado puro! El contralto dirigió su mirada hacia el público mientras seguía cantando, levantó la cabeza, tratando de enterarse de quién era la gritona. Acababa de cantar Wasserquelle y llegó el punto en que concluyó su vida… Me siento un poco más tranquilo ahora y empecé a trabajar media jornada ayer. Creo que por lo menos cuatro personas dispararon, no menos, tiraron a la vez y no sé nada de armas pero estoy seguro que eran pistolas. Me escondí entre los sillones, ya no oía nada pero seguía mirando aquel tipo y vi su cara gris de muerte y su sonrisa. Tenía sus dientes como los tengo yo, lamento tener que confesarlo pero eran un tanto amarillos. Me miró con unos ojos de hielo, casi me meé de miedo. Si me hubiera visto me hubiera matado ¿verdad? ¿Por qué dejar un testigo? Pues no estoy muy seguro si me vio o no y luego salió muy tranquilo por la puerta detrás, a la derecha, la que da a la plaza y el metro. Espera… ¡sí! Detrás de él salió una mujer igual de tranquila. Era bajita y tenía el pelo largo. Andaba de una forma muy peculiar, con la espalda doblada y el cuello por delante como si la cabeza tuviera más prisa que el cuerpo, como una tortuga de pie.

Testigo 1, 2003.11.20, miércoles 19.25

Cuando me ocurrió lo de la mujer y del hombre algo se debe haber puesto en marcha porqué de repente mientras estaba cocinando me acordé, ¡les había visto antes, antes del concierto!. Me fui a casa en metro. Estaba escuchando música, tengo un pequeño Walkman y mis cintas preferidas de los grandes, estaba mirando la gente, o más bien sus reflejos en la ventana. Subieron en Camden y se sentaron a mi lado con caras serias y cerradas. Y claro, el hombre no llevaba su abrigo negro. Durante estos días de otoño todo el mundo tienen caras serias, tristes como si se murieran igual que la naturaleza. Eran tres: una pareja y el hombre. Formaron un grupo abigarrado los tres, tan diferentes de altura y vestidos todos de distintos colores, pero con la misma expresión de indiferencia pintada en sus rostros. No hablaban con la boca pero usaron las miradas, miradas distintas de las demás en el coche. Bajamos juntos en Finchley pero supe que no eran del barrio y nos fuimos a direcciones opuestas.

Testigo 1, 2003.01.05, viernes 17.40

¿Desde el inicio? Pues, a mi me solía gustar mucho la sala de conciertos de Finchley Cultural House. Normalmente no viene mucha gente pero no sé por qué aquella vez muchos habían acudido. Frente a mi había un hombre. Ya le vi en el metro, él y sus compañeros, al irme de trabajo. Los atascos en Londres son horrorosos aunque la situación ha mejorado un poco tras las reformas de Livingstone. No le voté la primera vez pero la segunda sí, pienso que ha hecho un buen trabajo con la ciudad. Además mis padres también son de Lambeth. Normalmente leo al irme a casa pero aquella vez no, subieron en Kings Cross ¡Qué trío! El hombre era mucho mayor que los otros dos y tenía este jersey de tantos colores, era bajo y corpulento, pero lo más gracioso fue la nariz que se hundió entre las mejillas gordas hasta que casi desapareciera por completo. Ella tenía el pelo largo de marrón castaño y creo que era pareja del tercer hombre. No vi sus ojos muy bien. Tenía un cuerpo tan raro, no puede haber tenido más que treinta años pero andaba ya como una vieja. Su novio era alto y más atlético, de la misma edad y con ropa moderna, un pelirrojo. Me acuerdo de las manos de ellos. En cualquier sitio es entretenido separar las partes de la cara y escrutarlas y luego mover la atención de persona a persona y sólo mirar las orejas o las narices o los agujeros de los narices o las manos o los ojos o el pelo o las pestañas o las cejas o los labios o los lóbulos o los dientes o los cuellos o las mejillas; las bocas y las manos son mis favoritos. Todo se mezcla y desvanece y los individuos son más individuales y menos. Las manos de la pareja eran algo excepcional, como una estatua de mármol, como la nieve un día de sol en las montañas, como la ropa blanca de una novia, las dos tan iguales que era difícil saber cuál de las dos era de quién, jugando la una con la otra en un juego silencioso y quieto. Siempre he pensado que las manos dicen mucho de una persona, me lo contó mi abuela, que encajan con la personalidad y pocas veces me han decepcionado. Aquellas eran gruesas, bien cuidadas; dedos cortos y gordos con uñas limpias, cortadas y afiladas y las partes más abajo como medias lunas blancas y perfectas. Fue como ver una película en blanco y negro, tanto contraste había entre las manos y las mangas negras. Me hicieron pensar en mi abuela que siempre tuvo unas manos preciosas. También coleccionó zapatos mi abuela, tuvo por lo menos cien pares. No se hablaban pero se miraban y había tanta concentración, tanta energía, tanta angustia, tanta vacilación y firmeza, tanta fuerza en sus miradas. A lo mejor fue la última firma. Acaso fue entonces cuando se decidieron de verdad. Ya estaban comprometidos antes de entrar en el metro. Ya lo habían discutido y pensado muchas veces. Ya se habían convencido de que era lo correcto. Ya no había más que una minúscula posibilidad de salir pero éste último espacio dónde habitaba la duda desapareció entonces cuando miraban el uno al otro para saber, para realmente saber que desde éste momento eran una voluntad y una convicción sola y que ya no había paso atrás. En la sala el hombre estaba solo y pensaba que estábamos allí por las mismas razones, que tampoco podía compartir este interés con sus amigos, con su familia, que nos unió un muerto del siglo dieciocho. Me quedé con la idea y decidí que me acercaría durante la pausa a invitarle a una copa, a todo el mundo le encanta ser esto. No iban a tocar mis piezas favoritas. Las Cantatas no me gustan demasiado, el género no permite mucha libertad pero él logró multiplicarlo, hacer algo distinto, cambiarlo cada vez para que renazca y huya y busque otras salidas. Me parece una muestra de su grandeza que su música ha llegado a apreciarse en un país tan lejano. Realmente tocaron muy bien. Bach estaba en Leipzig cuando compuso la mayoría de ellas, estaba trabajando como Kantor de Tomasschule. Es realmente una forma de llegar al cielo, ¿no te parece? Ir a misa y sentarse en los bancos duros de madera, lleno de arrepentimiento, de sentimientos de culpa y de inferioridad, ¿has estado en la gran catedral? No importa. Y allí encontrar las canciones de los ángeles, la voz del cielo, de Dios, ¡imagínate la sensación, la gratitud, la bendición! Fue en uno de los crescendos del aria del contralto en Bereitet die wege, bereitet die bahn! cuando empezaron los tiros. Vamos a ver… durch der Taufe reines Bad! Bei der Blut- und Wasserquelle, werden eure Kleider helle, die beflecket von Missetat ¡Fíjate qué coincidencia! Cantando sobre el fuente de la sangre y el agua donde debemos blanquear nuestra ropa, y justo antes de Missetat, maldad, el hombre de al frente se levanta y veo la arma y veo que dispara y veo el fuego y como resplandece como al encender un cigarro, todo parecía durar mucho más que un instante, sentía como si pudiera separar cada movimiento, cada pequeña oscilación y verlo todo como una línea recta de causas y efectos, veo la cara de ceniza. Oí los primeros cinco o seis disparos. Matan primero el contralto y luego a todos los demás ¡Un réquiem propio no les parece! Nunca había oído tiros antes, gracias a Dios, no sé cómo explicar el sonido, como un grito inhumano, como el color negro y una tormenta instantánea. Tras los primeros seis no oía nada más que la señal que acuchilló mis oídos, casi me horrorizó más que los disparos. Me levanté, lo hice sin pensar. Las cortinas de rojo, la sangre, la vestidura negra y el escenario negro, las luces blancas como sombras invertidas. Si no me esforzaba no veía los cantantes en sus trajes con la cara junto al suelo, se notaban más como una ligera diferencia en la topografía. Sus cabellos tapaban las caras y pintaban un círculo particular en su alrededor y otro más de rojo oscuro que se extendía por el escenario, que convirtió todo en un sueño. Los cuatro focos dejaban caer su luz blanca como si nada hubiera pasado y se acostaron por encima de las cuatro pequeñas sierras de negro sobre negro, rodeadas por las pesadas cortinas de terciopelo del mismo rojo, de algún modo encerraron la imagen funeral. Me acuerdo de que todo estaba caído, lo acuerdo muy bien: los cuerpos, los instrumentos, las cortinas y la luz. Pintado de rojo, negro y blanco. Tengo esta visión, como una foto colorada; la veo y no puedo quitármela de encima. Luego mis instintos o algo parecido me despertaron y me tiré al suelo con la llegada de la señal que partió mi cabeza en dos. Allí entre las filas de sillones me quedé. Olía muy particular, supongo que ya están acostumbrados a este olor a silencio. No estaba al principio, lo noté después de un rato, como si se hubiera abierto una ventana a la nada por la cual entró una brisa ligera del otro lado del Río negro. El perfume de la señora de la fila de atrás, que antes me había molestado tanto, me liberó del pavor y me hundió en las ramas de sus rosas plásticas. Vi el hombre salir por la puerta a la izquierda, la que da a la plaza. De eso me acuerdo.






















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