FALLEN ANGEL
Martín dio una vuelta más en la cama. La luz roja del despertador le molestaba en los ojos, parecía querer echarle en cara estar aún despierto cuando faltaba tan poco para empezar el día.
Se levantó al baño por séptima vez, y como las seis restantes, intentó mear ácido de batería. Mientras apretaba las mandíbulas y se le escapaban las lágrimas, prometió que era la última vez que montaba a una de las putas baratas del polígono industrial sin condón.
Tras echar sangre por la uretra durante la última semana, la tapa del retrete estaba llena de gotas resecas. Una galaxia de pequeñas manchas negras, espesas y podridas.
Con el ceño fruncido y húmedo de sudor, se fijó en que había un pedazo de fotografía en el fondo de la taza. Un segundo antes de que el chorro de orina sangrienta le cayera encima, se acordó del rostro que ese papel había dejado a flote.
Era una foto en la que salían Sofía y él en los columpios. Él tenía 10 años y ella 7. Recordó sus mofletes rechonchos, su pelo rubio, la mirada triste y lejana de sus ojos azules. Estaba meando en la cara de querubín de su hermana.
De repente escuchó el teléfono. Eran las 4:33 de la madrugada. Tiró de la cadena y fue a cogerlo de mala gana. El aparato estaba armando escándalo encima del piano.
– ¿Sí?
Se oyó una risa ahogada al otro lado de la línea.
– ¿Diga? – Insistió empezando a mosquearse.
Las risas se ahogaron en un murmullo ininteligible.
– Cabrón gracioso ¿te parece bonito llamar a estas horas?
– ¿Martín? – susurró una voz.
– Madre… ¿Va todo bien?
– No – Su madre hizo una pausa al otro lado del auricular y se puso a gritar de repente – ¡Tu padre se ha matado! ¡Ese bastardo se ha matado!
Martín guardó silencio, las palabras se le agolpaban en la nuez y no hacían por salir. Su madre rompió a carcajadas.
– ¿Qué ha pasado? – Tartamudeó al fin.
– Ha cogido el coche y se ha tirado al río. Nos hemos quedado sin coche.
A su madre le bailaban las palabras, casi podía oler la ginebra desde este lado del país.
– ¿Estás borracha?
– Estoy celebrándolo, hijo. Por fin se ha ido. Después de todo, ahora estoy sola...
El alcohol no podía hacerse con la amargura.
– ¿Necesitas que vaya?
– No, no, estoy bien. Me voy a la cama.
Su madre colgó el teléfono sin darle tiempo a despedirse de ella.
Martín se quedó largo rato con el teléfono en la mano y cuando se dio cuenta de que el pitido era realmente molesto, intentó colgar sin acertar en el terminal.
Veía el teléfono balanceándose en la mesilla. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha. Fue corriendo a vomitar al baño.
Sentado al lado del retrete se miró las palmas de las manos. Eran iguales que las de su padre pero con varias quemaduras de cigarro de su niñez.
Se metió de nuevo en la cama y los minutos siguieron palpitando incesantemente en su sien derecha.
Esa melodía de piano otra vez. Llevaba tiempo soñando con ella, le era muy familiar, pero no recordaba haberla escuchado en ningún sitio. El jazz suave inundó la habitación. Martín cerró los ojos y se concentró en aquellas notas. Sintió el crescendo de la música y vio los dedos de su padre.
Era la canción que su padre tocaba en el octavo cumpleaños de Sofía. Le inundó el frío y vio al hombre sentado al piano.
– ¿Hace cuánto que no tocas? Está un poco desafinado.
– Estás muerto – logró decir Martín.
– Y aún así sigo tocando mejor que tú, zoquete.
Martín se levantó de la cama apresuradamente. Al golpearse el pie contra la mesilla tiró la cuchilla de afeitar que estaba encima.
– Vete – le dijo amenazante.
Martín sintió el aliento en su cuello y la voz de su padre susurrándole al oído.
– Ten cuidado con la cuchilla, podrías cortarte.
El sobresalto hizo que Martín saltara y pisara encima de la cuchilla. La planta del pie empezó a sangrarle abundantemente.
Su padre estaba al lado, mirándole divertido.
– Me recuerdas a tu hermana cuando sangras. ¿Recuerdas cómo la pequeña zorra fue capaz de coger mi navaja y cortarse las venas? Tu hermana tenía más cojones que tú.
Martín cruzó la habitación. Abrió la ventana para refrescarse con el aire. La calle estaba desierta.
– Deja de hablar así de Sofía. Sólo tenía 13 años – dijo con melancolía.
Martín miró a su alrededor, la habitación estaba vacía. Avanzó hacia el piano y cerró la tapa. Empezaba a sentirse aliviado cuando oyó un ruido a su espalda. Casi le estalla la sien al girar la cabeza.
Allí estaba su padre con una niña cogida de la mano. La pequeña no paraba de dar respingos mientras lloraba y sujetaba una muñeca de plástico. Martín le regaló ese juguete con el dinero que le dio su madre.
– Sofía, hija, no llores más. ¿No ves que estamos con el hermanito?
La niña miró a Martín y dejó de llorar.
– ¿Puedo jugar con él, papi?
– Claro, hoy como cumples ocho años vamos a jugar a algo especial. Te va a gustar mucho... ¿Verdad que le va a gustar, hijito?
Martín gritó y se llevó las manos a la cabeza. Notó un leve tirón en la camiseta y vio a Sofía a su lado. Le miraba suplicante.
– ¿Me cuidas la muñeca?
Martín cogió la muñeca y notó la mano húmeda. La muñeca sangraba por debajo de la falda. La tiró al suelo e intentó limpiarse contra el pantalón
– No, no, yo no quería Sofía, yo no quería....
Se arrodilló delante de la niña y le cogió las manos.
– Claro que sí. Mira lo guapa que era. Cuando te expliqué el juego no lo entendías, pero sólo tuve que convencerte un poco para que te metieras en el papel – dijo su padre sacando la navaja y poniéndola al lado de la mejilla de la niña.
- ¡Yo tenía sólo 10 años! No quería que le hicieras daño. No quería que le cortaras su carita de ángel.
– ¿Pensabas que era un ángel, Martín? – le susurró Sofía.
Martín levantó la vista y se encontró con la mirada de su hermana a los 13 años. Tenía los brazos sangrando y le miraba con dulzura.
– ¿Pensabas que era un ángel mientras me follabas delante de papá?
Martín aulló y corrió hacia a ventana.
A las 7:33 el juez levantó el acta. El cadáver de Martín Fineas de 36 años de edad yacía con la cabeza destrozada en el asfalto y una muñeca de plástico entre las manos.

