Legendarios

Hoy volvía a abrir la sala Erika. Hacía frío en la calle, había que llevar chaqueta y los más frioleros no habían olvidado la bufanda en casa. Entramos por Jiménez Díaz, justo al lado del metro. La sala estaba desierta. Por esa entrada a la que nos obligaron a dirigirnos se accedía directamente al patio de butacas, que también teníamos que inspeccionar. Nada raro allí, que no fueran hileras de butacas una detrás de la otra, con los programas de la actuación que iba a tener lugar esa noche.

Avanzada ya la investigación comprendimos que los disparos se efectuaron desde esta puerta. Así, pensamos todos, era normal que el único que se salvara de aquella matanza fuese el contrabajo. Las ráfagas entraron en diagonal, de izquierda a derecha, según estaban situados los músicos. La macabra diagonal trazada por el fuego salvó al contrabajo, que estaba colocado, como es habitual en este tipo de formaciones, en “segunda fila”, detrás de las dos violas.

Yo me alivié. Sería una investigación fácil. La causa quedaría archivada por falta de pruebas porque, entre otras cosas, nosotros no teníamos ni idea de quién podía ser el autor de aquella masacre, y desde arriba nos dijeron que no tocásemos muchas teclas, no fuera a ser que la bomba nos estallara en las manos.

La ceremonia transcurrió, sin pena ni gloria,entre fuertes medidas de seguridad y con muy poca gente en las butacas. Aunque habían pasado ya más de tres años desde la tragedia, la gente no olvidaba fácilmente este tipo de accidentes.

Mientras el acto transcurría me di cuenta de quién estaba tocando. A todos, más o menos, los conocía ya de haber frecuentado sus antros durante la preinvestigación, y me reafirmé en mis conclusiones. Eran todos iguales, una panda de borrachos acomplejados y reprimidos que se habían pasado media vida entre cuatro paredes, reviviendo momentos de gloria de tíos que habían muerto ya hace casi dos siglos. Habían perdido su adolescencia, su niñez, y ahora querían de adultos recuperar todos aquellos placeres a los que renunciaron de pequeños, quizá porque creían que así serían superiores a los demás. Algunos acababan medio bien, eran acogidos por el distinguido público que los seguía, se casaban (con alguien que les aguantara, claro) y vivían más o menos felices el tiempo que les quedara. Pero para otros la historia era distinta. Se apoyaban en el reconocimiento que algunos les profesaban para convertirse por un momento en los reyes del universo, pero con lo que no contaban era con que siempre había alguien dispuesto a pararles los pies, y, lo peor, a cualquier precio.

Al final logré hablar con él. No había olvidado aquello, ni mucho menos, aunque sí parecía algo más repuesto.
--¿Cómo te va todo? –le dije-.
--No va mal la cosa –me contestó-.
La conversación transcurrió en un tono frío y distante. Se ve que había cogido tablas. Después de presenciar aquello alguien debía haberle grabado a fuego que no se fiara ni de sí mismo. Sin embargo, me sorprendió en su discurso cómo había asimilado lo sucedido. No sé aún cómo describirlo, lo confieso, pero podría decir que fue una mezcla entre frialdad e indiferencia que me dejó estupefacto.

El tiempo y las frecuentes visitas que nos hacíamos mutuamente a la salida del Erika, donde me terminé acostumbrando a pasar la mayoría de las noches, hicieron que poco a poco se le fuera soltando la lengua conmigo. Uno de los cabos que aún me quedaban sueltos en todo esto se fue atando progresivamente a los que ya tenía y me llevó a la conclusión de que alguien muy cercano a esa orquesta habría urdido el maldito desenlace. Alguien que sabía con exactitud cuáles eran sus costumbres, sus movimientos, sus manías….

Una de tantas veces que coincidimos le sonó el teléfono:
--A las doce y cuarto en la parada, ¿vale? –le oí decir-.
--¿Te vas entonces?
--Sí, me tengo que ir, me han llamado. Ya hablamos, ¡chao!
Se levantó de la silla y salió corriendo. Sin duda esta era mi oportunidad de averiguar algo más sobre el asunto. Sabía que no contaría con el seguimiento del cuerpo, ya me habían dicho que me olvidara del tema, pero ese tío me estaba llamando la atención y quería saber en qué líos andaba metido. Decidí seguirlo, aunque de lejos. No quería despertar en el ninguna sospecha pero sí quería saber a dónde iba. Seguimos calle abajo, doblamos a la derecha, pasamos varios grupos de ultras que festejaban la victoria de su equipo en el partido final de la liga (y también la muerte de uno de los aficionados rivales a manos de sus secos cerebros), y al fin llegó donde quería. Una chica, a la que solamente pude ver de lejos y no me dio tiempo a identificar, le dio algo al contrabajista y éste salió huyendo cuesta abajo.

Podría verlo otro día, porque ahora lo que me interesaba era saber quién era ella y qué pintaba en todo esto. A medida que me fui acercando descubrí que su aspecto me resultaba familiar. Sus hombros caídos, su pelo largo y suelto, me recordaban a alguien conocido. ¡Y tanto que lo era! Al llegar se dio la vuelta y su cara me lo dijo todo. Entonces sí, supe que era Estela, una de mis mejores amigas de la infancia.

Casi sin darme tiempo a saludarla me arrastró violentamente calle arriba, me metió por una serie de laberintos en que yo jamás había estado, y aparecimos en un barrio desierto a aquellas horas de la noche. Se dirigió a un portal, abrió la puerta y, sin comerlo ni beberlo, me vi en su casa. Era evidente, después de aquella huída, que alguien la perseguía o, lo que es peor, alguien algún día acabaría encontrándola y cumpliento un fatal ritual que se había iniciado ya mucho tiempo atrás. Un fatal ritual del que la policía no quería ya saber nada, porque alguien, antes que yo, había llegado a la conclusión de que sólo faltaba una víctima más, y que al fin y al cabo no merecía la pena arriesgarse más por ella.

Hablamos durante algún tiempo sobre cosas sin importancia. Cómo estábamos, lo que hacíamos, pero dejamos para el final lo que iba a ser de nosotros. Ella se derrumbó. No pudo contener ni las lágrimas, ni la tensión, ni la emoción, ni nada. Por obra del destino, o por mis ganas, cayó en mis brazos:
--Hace casi seis años que empecé con él. Tú te fuiste a Zaragoza y yo… bueno… El caso es que lo encontré por casualidad, empezamos y… ya sabes… la inercia que te lleva…
--Y te metiste hasta el fondo con él, ¿no?
--Sí, recuerdo que iba a todos sus conciertos, incluso a algunos ensayos a los que se permitía la entrada a gente que no fuese de la orquesta. Él tenía dinero, su padre murió jóven y le dejó bastante, y más o menos nos aguantábamos. Me compraba muchas cosas cuando nos enfadábamos, me decía que me quería muchas, muchas veces… Pero yo no acababa de estar bien con él. Llevábamos dos años o así cuando apareció Luis.
--¿Y quién era Luis? –le dije aparentando frialdad-.
--Luis era un tenor que iba a hacer de Cavaradossi en la ópera Tosca, que éstos iban a hacer pronto. No sé, empecé a hablar con él, me dejó el libreto en español (porque yo de italiano no tengo ni idea) y empezamos a tontear. Una noche, casi sin querer, nos… bueno… lo hicimos. Aprovechando que Juan estaba fuera, él me llevó a cenar, bebimos y… para qué te voy a contar más. Él se enteró, tío, él se enteró. Después se hizo la ópera y… pasó lo que pasó… todo el mundo menos él murió, todo el mundo menos él murió.
--¿Y aún así le sigues viendo?
--¡Pero qué dices! Me persigue. Me dijo que era una venganza, una venganza por habernos reído de él. Me dijo que fueron ellos primero pero que a mí me tendría sufriendo toda la vida, que se las iba a pagar hasta el final. Nunca más volví a estar conél, en serio, pero él me sigue llamando y amenazando constantemente. De vez en cuándo se pasa por aquí, me insulta, y cuando va muy borracho pues…

Yo le acariciaba las mejillas y el pelo para intentar tranquilizarla y lo conseguí. Se repuso algo y siguió contándome:
--Ayer me cogió por sorpresa en la calle y me amenazó con una navaja, me dijo que si hoy no le daba los 500 euros del curro me mataría. Así que lo llamé, quedé con él en la parada donde nos hemos visto, le di el dinero y se largó.

Ahora me cuadraba todo. ¡Menudos canallas! Ya había pasado lo peor para ellos, toda una orquesta fue asesinada en un concierto. En fin, algún arranque de esos fundamentalistas etarras, islámicos, da igual. Lo que vendría después sería una muerte de género, otro caso más de violencia doméstica que se habría resuelto horriblemente. Pero ellos se lavarían las manos. No había denuncia y, por tanto, nada que nosotros pudiéramos hacer para salvar a Estela. Ni a Estela ni a otras tantas como ella.

Pero yo a Estela la quería mucho, demasiado como para dejar que eso ocurriera sin mover un dedo por evitarlo. Yo a Estela la quería mucho, mucho más de lo que en aquella casa donde fuimos a parar por obra y gracia del destino nosotros pudiéramos imaginar. La abracé, más fuerte si cabe. Eran muchas tensiones acumuladas: toda la investigación que decidí llevar por mi cuenta, toda su desgracia y su miseria… todas se juntaron y nos abrieron la caja de Pandora, una caja que habíamos tenido delante durante años y jamás nos atrevimos a destapar. Nuestras bocas se unieron de repente, una, otra, y otra vez. Todo giraba a nuestro alrededor y nosotros entrábamos de lleno en ese místico paraíso terrenal que dicen que sólo se conquista una vez en la vida. Nuestros labios seguían marcando el irrevocable preludio de una noche de delirio, y nuestras manos hacían el resto, cada una por su lado. Sentí su piel suave, ligera, suficiente, sobre la mía. Las danzas de la gloria eran inminentes, nada se iba a entrometer en nuestro camino de pasión. Seguimos desahogando nuestras tensiones a golpe de caricias, abrazos y locura. Sus ojos me decían que no me detuviera, que no había nada malo en lo que estábamos haciendo y, aunque al principio no podía olvidar del todo mi sentimiento de responsabilidad por lo que podría ocasionarle si consumábamos nuestros deseos, no tardé en fundirme con ella sin remisión. Empecé a sentir la sabia que brotaba del mismísimo centro de su cuerpo y comenzamos a frotarnos, ya sin remedio, decididos a alcanzar la cima de nuestro delirio. Fue en un instante, cuando menos lo esperábamos. Yo me deslicé dentro de su cuerpo. La noté radiante, me besó por enésima vez en los labios y, acercándose a mi oído, me pidió en un susurro que no la abandonara. Yo le di mi palabra y la danza continuó. Su sabia seguía brotándo y empapándome de gloria. Cada vez se le arrebataba más la voz, y el pelo, y la mirada, y toda ella se estremecía, me contagiaba, y nos vencíamos por el delirio, pero nos recobrábamos, y seguíamos dándonos el uno para el otro, y nos seguíamos entregando al éxtasis hasta que éste llegó y caímos el uno sobre el otro sin separar ni un milímetro de nuestra instintiva materia. No queríamos, no podíamos, no sabíamos cómo separar cada una de nuestras mitades de ese precioso todo divino al que acabábamos de dar forma por primera vez en nuestras vidas. Algunas veces más en aquella noche dorada nos quisimos de nuevo, nos amamos, nos estremecimos, hasta no poder siquiera mantenernos despiertos.

Mucha fue la gloria que acumularíamos la noche anterior, pero sin duda habíamos firmado nuestra sentencia de muerte. Cuando el contrabajista se enterase de quién había sido el segundo en discordia, no tardaría mucho en venir a cobrarse su venganza.

Me levanté primero, ella aún dormía, y puse la radio.

En extrañas circunstancias ha muerto esta madrugada el último superviviente de la matanza del Erika. Se reabre así uno de los crímenes más espeluznantes, para el que aún hoy, tres años después, las fuerzas del orden no han sabido dar una explicación coherente.

Respiré aliviado, me sentí feliz y miserable al mismo tiempo. ¿Por qué tenía que ser todo tan contradictorio? ¿Por qué no podríamos haber llegado a una solución más justa? Ahora sería todo mucho más difícil. Con la muerte de Juan sería imposible remover las cosas en el cuerpo para demostrarlo todo de forma limpia.

Volví a la cama. Justo antes del siguiente avance informativo, que aún continuaba escuchando con mis auriculares, se despertó.
--Escucha esto, cielo –le dije-.

Se puso los cascos y escuchó. Lo escuchó todo, igual que yo. Por un lado se habían acabado los miedos, pero por otro sería imposible, cuando la gente se enterara de lo nuestro, que nadie pensara en nosotros como autores morales de la muerte de Juan.

Lo hablamos. Queríamos seguir adelante. Ya habían sido bastantes los años de sufrimiento que la vida nos había deparado, a cada uno por una circunstancia, y nos conjuramos para luchar por mantenernos en pie los dos juntos. Esa misma mañana, para afrontar la nueva situación, llamé directamente a Jiménez, que hasta ahora llevaba la investigación:
--Venga, ya te puedes quedar tranquilo de una vez –me dijo-. Ese borracho ha muerto él solo, se pegó un trompazo con su coche y murió en el acto.
--¿Seguro?
--que sí, hombre, que sí, que te lo digo yo. Tú tranquilo, disfruta de lo que tienes, que ya nos apañaremos aquí con lo nuestro.

Hoy, diez años después de la masacre del Erika, Estela y yo somos un matrimonio feliz, por así decirlo. Después de asegurarme claramente de que lo de Juan era realmente un accidente, nos trasladamos a vivir a Zaragoza, ha donde pedí el traslado voluntario. Cuando a uno le ponen la etiqueta es difícil quitársela, y además se ve que es un fenómeno universal. Más de un compañero del cuerpo en Zaragoza me avisa, de vez en cuando, de que me ande con ojo porque han visto a mi mujer no sé dónde con no sé quién. Cuando llego a casa del trabajo se lo cuento, y entre risas celebramos la tremenda fortuna que supone, a pesar de todo, estar vivos.






















Tema diseñado por Hadley Wickham, modificado por Almudena I. Bernardos. Alojado en Blogsome.